Hay momentos en que la ovación en un estadio genera como una ola de vaporosa inspiración y las multitudes clamorean emocionadas en un vacío generalizado flotando en el aire que siempre he asociado a logros imposibles, y que cuando era pequeñito se producía en los goles en los campos de fútbol. Ya sea leyendo un poema o un párrafo de una novela de J. D. Sallinger, o una tragedia de Shakespeare, esos momentos son como trozos de inspiración únicos, y cuando leemos alguno, ese antiguo clamoreo resuena otra vez en nuestro interior, removiendo las fibras como cuando veíamos a nuestros ídolos marcar con todo el estilo y la clase de que hacían gala.
Sólo volvemos a releer los libros que nos gustaron en ese sentido. Y cuando escribimos, nuestro secreto sería escribir así, como los que escribieron los libros que nos gustaron, ser como ellos, brillar del mismo modo que el poema del escritor de Alma de niño. Pero no podemos ser cómo él, pues él ya está ahí, con su estilo y sus creaciones, y ya no nos podrían confundir. Aunque siempre se notarán las influencias si lo logramos, sólo serán ladrillos que ayudaron a fundamentar nuestro estilo, nada más. Por eso, según dicen, la ardua lucha por alcanzar el estilo propio es dura aunque necesaria, y por eso hay que practicar e ingeniárselas como sea hasta alcanzarlo. ¿Qué hace falta hacer, leer o escribir para hacerlo como nadie todavía lo ha hecho? Esa es la pregunta primera que deberíamos meditar un tiempo antes de coger la pluma.
Fernando Gracia Ortuño
Copyright
No hay comentarios:
Publicar un comentario